CARLOS

LLORENTE

MUSICIAN BERSERKER

Vacaciones sin fin en el sol

an abstract photo of a curved building with a blue sky in the background

Declaración de contenido

NADA ES SUFICIENTE

El capitán Blasco del Páramo partió en el año del Señor de 1540 con una expedición de cuatro navíos y 113 hombres, rumbo a las tierras más meridionales del virreinato de la Nueva España, con el propósito de descubrir la mítica fuente de la eterna juventud, mencionada por Eufronio el Joven en su Jardín de las ninfas, citada por Fray Herminio de las Eras en la nostálgica Elegía a la mocedad y apenas susurrada por los resquebrajados labios del forjador de nuevos mundos Diego de Fermosa. Tras 90 días de tribulaciones en alta mar arribaron a las costas de la provincia de Venezuela dos barcos y sesenta hombres, habiéndose perdido en las aguas del Atlántico el resto de buques, soldados y marinos. Debido a las malas condiciones de la mar los dos navíos restantes quedaron arruinados al embarrancar en la accidentada costa, pereciendo en el transcurso del desembarco veinte valerosos guerreros, que se ahogaron bajo el peso de sus corazas y pertrechos. El capitán, impasible, reunió a las fuerzas restantes y prosiguió, de manera inexorable, su ruta, primero por la playa hasta encontrar cierto río serpenteante y luego por la ribera de este, remontando su cauce, hasta cuyo origen pretendía llegar.

Blasco del Páramo se había dejado hechizar, en sus viajes anteriores, por los cantos de sirena que le hablaban de una fuente en cuyas aguas se encontraba el anhelado y esquivo secreto de la eterna juventud. A sus de 53 años su cuerpo se encontraba ajado y surcado de cicatrices, fruto tanto de la edad como de los combates y refriegas de toda una vida al servicio de la Corona. Su cabeza pretendía ir más rápido de lo que sus carnes y huesos le permitían y su alma había quedado prendada por la posibilidad de gozar de una juventud perpetua y de una salud eterna. Por eso escuchó lo que las lenguas mal intencionadas le contaban y desoyó los consejos de sus compañeros y amigos, dilapidó su fortuna armando una malhadada expedición y abandonó su hacienda para que buitres y cuervos se enseñorearan de ella.

La expedición comenzó, pues, a remontar el río que debía conducir hacia su lejano manantial, situado en el mismo corazón de aquella selva sin límites. Al frente iba el capitán, en silencio, con los ojos entrecerrados para no quedar cegado por la deslumbrante luminosidad del trópico, musitando palabras incomprensibles, impasible ante las peticiones de sus tenientes de dar la vuelta y retornar a casa cuando aún era posible. Nadie antes, ni nativo ni conquistador, había hollado aquellos parajes y a cada paso la mala fortuna se cernía, como las alargadas sombras del atardecer, sobre los desgraciados que a duras penas progresaban por las embarradas orillas de aquel río de color esmeralda. Los hombres iban cayendo, jornada tras jornada, víctimas de las fieras terrestres o de las acuáticas, ya que ambos tipos de bestias eran igual de voraces y gustaban de alimentarse de la carne humana. Blasco del Páramo proseguía, sin apenas perturbarse, la ruta marcada, inmune ya a los ocasionales gritos de agonía de sus soldados al ser arrastrados a las profundidades del río o de la floresta, los oídos cerrados y el espíritu encallecido. Seguía avanzando, conduciendo inexorablemente a la perdición a todos los que en algún momento habían creído en su buen juicio y en su pasado glorioso.

Los días pasaban y las fuerzas mermaban. Los que no caían devorados por los monstruos acechantes, lo hacían presas de fiebres o de disentería, abandonados a los lados del camino donde los mosquitos se cebaban de su sangre enferma hasta dejarlos vacíos de esperanza, primero, y de vida después. Un abundante reguero de cadáveres y de armas y de impedimenta daba fe del paso de la expedición por aquellas frondas, marcando el camino que aquellos desdichados jamás volverían a recorrer. Tanto habían menguado las ganas de vivir de aquellos hombres que ya ni hablaban, ni blasfemaban, ni se quejaban, ni siquiera suspiraban al morir. Llegó el momento en el que Blasco del Páramo, al sentir un inesperado roce en la espalda, volvió la cabeza atrás y solo vio al último de sus soldados que, con los ojos hundidos en las órbitas, le maldecía sin pronunciar palabra, al mismo tiempo que ponía rodilla en tierra para no volver a levantarse nunca más.

Aquella expedición, que debía de encontrar el secreto de la eterna juventud para entregárselo a la humanidad y que así pudiera vivir lozana y eternamente, como si nunca hubiera sido obligada a abandonar el paraíso, había tan solo conseguido arrastrar al capitán a la locura y a su compañía a una muerte silenciosa en el rincón más perdido del orbe. Aquel viaje, que en sus inicios solo pareció insensato, y fruto de una mente desquiciada y llena de fantasías, acabó tornándose en una excursión a los infiernos sin retorno y sin final.

Blasco del Páramo alzó la vista, buscando la bóveda celeste, pero sus fatigados ojos solo tropezaron con las ramas de los árboles que habían constituido su horizonte desde que abandonara la orilla del océano. Quería encomendarse al Altísimo y dejarse morir, sin más dolor ni penurias, en paz con nadie y en guerra solo consigo mismo. Mas, un rumor se extendía a su alrededor, alcanzando cada fibra de su ser, susurrándole que no debía desistir, animándolo a continuar hasta alcanzar su objetivo final, hasta llegar a la deseada fuente en la que sus penas se ahogarían y su dolor quedaría aliviado para siempre. Prosiguió, con la fuerza que extraía de sus vanas esperanzas, tropezando con las raíces de los árboles, durmiendo mientras andaba y soñando todo el tiempo. Y los días se sucedieron y el tiempo perdió el sentido, si es que alguna vez llegó a tenerlo, porque ya no había nadie en aquella selva que fuera capaz de diferenciar la realidad de la imaginación, los hechos de la locura.

El río iba estrechando su cauce hasta que, finalmente, sus orillas casi se abrazaron, reducidas a un breve arroyuelo que borboteaba a través de unas rocas grisáceas. Blasco del Páramo, envuelto por sus harapientos ropajes y hundido entre la herrumbre de su coraza, se detuvo y levantó casi imperceptiblemente su mirada, para atisbar, no demasiado lejos, en un altozano, el sitio del que parecía brotar el menguado caudal que susurraba cerca de sus magullados pies. Si algo de la esperanza primigenia que otrora motivara aquella expedición maldita aún moraba en su interior, era la ocasión de dejarla salir para que le brindara las últimas fuerzas con las que escalar el repecho y arribar a la ansiada meta final. Caminó, con pasos vacilantes, muy despacio, hacia arriba, resollando como hicieran los caballos que alguna vez lo acompañaron al combate y que habían dejado sus vacuas vidas en olvidados campos de batalla. En algún momento, su fiel espada, compañera en mil lances, cayó al suelo, y quedó allá, extraviada entre las hierbas.

Y por fin llegó. Allí estaba. La fuente de la eterna juventud. Ante sus extasiados ojos, el objeto de su viaje. Un estanque de paz en medio de un claro, con unas aguas oscuras cuya quietud ni siquiera la brisa osaba turbar. Una intensa sensación de tranquilidad lo inundó y saturó sus sentidos. De repente, el cansancio había desaparecido y las penas parecieron quedar sepultadas por un torrente de bienestar sin fin que lo atravesaba de parte a parte. Sin ser consciente de lo que hacía se quitó su morrión y lo depositó en el suelo, a su lado. Después se despojó de su coraza y de las protecciones de sus brazos, que prácticamente se desmenuzaron entre sus dedos, tal era el estado de descomposición en el que se hallaban. Luego se desvistió completamente, dejando los harapos que antes fueran su camisa, su jubón y su calzón junto a los restos de sus botas. Así, desnudo, se acercó a la orilla de la fuente y se detuvo a dar gracias por haber llegado hasta aquel lugar, aun a costa de las vidas de sus hombres y de la integridad de su patrimonio.

El sol se deslizaba con parsimonia hacia abajo, anunciando la llegada del próximo crepúsculo. Blasco del Páramo dio un paso corto hacia el estanque y rozó las aguas con los destrozados dedos de su pie. Enseguida notó los efectos benéficos de la fuente, sintió un hormigueo que recorría su pierna hasta llegar a la cadera, aliviando el tormento de interminables semanas recorriendo la inacabable espesura de la selva. Dio otro paso de modo que sus dos pies tocaban ya el agua. Se reconfortó como nunca antes lo había hecho y pensó que todas las penurias pasadas quedaban ahora compensadas. Siguió andando, muy despacio, hasta que el agua le llegó a las rodillas. Miró a la orilla que tenía enfrente. Estaba repleta de espectros que lo observaban a través de las vacías cuencas de sus calaveras. Eran sus hombres, inmolados en el altar de la juventud. De la juventud perdida, solo para que él la pudiera recuperar. Sintió algo parecido a la pena, durante un breve instante, pero luego prosiguió solazándose con las aguas rejuvenecedoras. Volvió a caminar y ya no se detuvo hasta que se sumergió por completo. Permaneció así, inmóvil, como traspuesto, el cuerpo abandonado y la mente vacía. Perdió la noción del tiempo y hasta se olvidó de la razón por la que había viajado hasta allí, ya que no había sitio en él para la culpa o para el anhelo o para nada. Finalmente, salió de la fuente gateando, porque ya no recordaba cómo caminar. Tanto había rejuvenecido que más que al de un hombre, su cuerpo se asemejaba al de un niño de un año. Se sentó en orilla, se llevó el pulgar de su mano derecha a la boca y lo comenzó a succionar mientras miraba el vacío de las aguas con sus negros ojos.

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